Lunes Julio 24 , 2017
Viernes, 27 de Febrero de 2015 16:33

Leonor enseña a ver con el corazón

Vota este artículo
(1 Voto)

Arcabuco, enmarcado en el verde de frondosas montañas, ejemplo de vida y espesa vegetación. Un pueblo milenario lleno de historia, gente bella y tradición gastronómica por las almojábanas que allí se elaboran; Con bella arquitectura en la que se resaltan: la iglesia y las casas que guardan con orgullo los balcones de madera y los colores propios de la bandera del municipio.

Llegar al parque municipal, es como encontrar un sonriente jardín botánico, más de cuarenta especies de árboles, flores, arbustos, enredaderas y plantas ornamentales; adornan este hermoso espacio.

 

Allí, hace cincuenta años nació María Leonor Malagón Ruiz. Hija de campesinos, hermana de cinco mujeres,  madre de Eduardo, Yolanda y Leidi; abuela, esposa, pero sobretodo  gran soñadora.

No le gusta sentir que la están observando, por eso siempre usa un sombrero. Tiene cabello corto color negro, mezclado con prolongadas canas, de cara ancha, nariz grande, los ojos siempre cerrados, a menos que una sonrisa salga y pierda por momentos el miedo a ser vista. Prefiere vestir ropa de lana, para evitar el penetrante frio que hace en Arcabuco. Le gusta escuchar la radio, tomar tinto, alimentar a las gallinas y cuidar del  pequeño cultivo de maíz que esta a pocos metros de su casa.

Heredera del arte de hacer canastos, desde los diez años, su madre con paciencia y disciplina le enseño a hacerlos, ella fabrica canastos de diversos tamaños y para diferentes usos. La casa el mejor taller para crear, Leonardo el esposo se  encarga de conseguir el “chusque” materia prima para la obra de esta mujer, sus hijos siempre prestos a colaborar con el corte en delgadas fibras de esta caña, las cuales después como hilos doña Leonor teje una por una para dar forma a los canastos.

Gran madre y ahora excelente abuela, pues reparte su tiempo entre canastos y sus dos nietos. Nadie sabe cómo Leonor los fabrica, nunca los podrá ver, por qué a la fecha sólo los ve en su mente. El amor por ser artesana no entro por los ojos si no por las ganas de vivir, crear y soñar.

Hace más de veinticinco años, por un problema de salud inexplicable esta mujer solo puede ver por los ojos del alma, porque los ojos físicos esos que identifican colores, formas y texturas dejaron de funcionar “Yo empecé a perder la visión desde muy temprana edad, poco a poco yo note que no veía bien, después me fui a trabajar a la ciudad de Tunja y los patrones me dijeron que fuera al médico, me formularon unas gafas pero fue peor para mí, porque el lente era muy grueso y decían que era para una persona que tuviera 40 años y yo nada más tenía 18. Cada día fui perdiendo más la visión, hasta que llegó el día que quede totalmente ciega a los 22 años, el diagnóstico fue que el nervio óptico dejo de funcionar, sin razón alguna” Afirma Leonor.

La sonrisa se pierde cuando empieza el relato, sus lágrimas caen y se mezclan con el temblor de sus manos sudorosas, Leonardo su esposo solo baja la cabeza y un silencio penetrante por dos minutos inunda el espacio, el hijo mayor cae en llanto y la tristeza es más que obvia cuando Leonor de nuevo comenta: “Yo vi a mi hijo mayor hasta cuando el tenia diez meses de nacido, luego quede ciega y así lo seguí criando. Así fue con los otros dos, yo los tuve ya estando ciega y los crie como pude, con la ayuda de Dios”

Meses después de aquella tragedia Leonor intenta vivir sin sufrir, pero todo es un fracaso, sus días son más terribles, ella solo quiere terminar con este sufrimiento y acepta que lo mejor sería morir “fue muy duro para mí, yo solo quería que me muriera, yo casi no comía, no hablaba con nadie”.

Golpes, raspaduras, cicatrices, dolores físicos y del alma al sentirse torpe, es lo que más encuentra en su cajón de recuerdos, pues es el pan de cada día.

Con el apoyo de los incondicionales hijos y el amoroso esposo, decide levantarse y como el ave fénix revive de las cenizas. Un buen día llama a Leonardo y le dice que quiere volver a trabajar con los canastos, recordando como los hacía cuando podía ver, intenta una y otra vez, hasta lograr su meta. De nuevo, después de tanto tiempo vuelve a dedicarse al oficio que hasta hoy en día, es el que le ayuda económicamente para aportar como todos, al sostenimiento de la familia.

“No es fácil” admite ella, en sus manos se pueden observar cortadas, unas más profundas que otras, algunas intentan cicatrizar antes que por error, otra cortada, haga brotar sangre cuando está tejiendo  fibra por fibra.

Un palo delgado hecho en madera rústica, de no más de un metro y medio de largo, la acompaña desde pocos días después de quedar ciega. Se convirtió en su guía  principal, le indica hacia donde debe caminar, a que habitación de la casa está entrando y que espacios está recorriendo.

Se levanta todos los días a las 6 a.m, prende el fogón de leña que ella misma hizo con ayuda de su esposo, prepara el desayuno y luego que sus hijos se van a trabajar ella se encarga de cuidar a los dos bebes; lava, plancha, hace los oficios de la casa, recoge moras del cultivo para los jugos, alimenta los animales y hace muchas cosas que ella misma acepta que no hacia cuando veía.

Aprecia la capacidad de recordar cómo eran las cosas, pero cada vez que tiene la necesidad se propone crear un imaginario en su mente y poco a poco construye lo que necesita. “Yo he desarrollado muchos talentos, entre ellos imaginar y hago las cosas como me las  imagino.” Este es el secreto para hacer canastos, muebles, estufas de leña y hasta ayudar en la construcción de su propia casa.

No le tiene miedo a nada, no ha perdido las ilusiones ni las ganas de vivir, todos los días le agradece a Dios y la Virgen María por estar viva y les pide salud para su familia. Quiere sentir a sus nietos cuando estén grandes.

Leidi es la hija menor de Leonor, tiene una bebe de ocho meses, cuenta que solo estudió hasta segundo de primaria y cuando habla de su mamá, se  le nota la nostalgia al aceptar que ella nunca sabrá como es en realidad, que le toca imaginarse a su bebe, como Leonor la llama.“Yo sólo quisiera que mi mamá no tuviera que hacer nada, que yo le pudiera dar todo, poder terminarle la casa y que ella solo descanse, porque cuando está haciendo canastos a ella le toca duro.Yo trabajo en una empresa agrícola con mi hermano y todo lo que gano es para mi mamá y para mi hija”

Manuel, el hijo mayor de Leonor, escucha atento siempre las instrucciones de su mamá, le pregunta que necesita y en que le puede colaborar, sufre cuando ella sufre. Con la mirada amorosa hacia ella afirma: “Mientras que cualquier persona tiene sus vistas bien, mi mamá no puede ver, yo soy el mayor y yo nunca me he ido, ni me voy a ir  del lado de ella y siempre  la voy a seguir acompañando”.

Ser padre y esposo es algo que Leonardo asumió con orgullo y responsabilidad, resignado a la situación que vive su esposa Leonor. Con la cara y las manos maltratadas por años enteros de labores en campo para mantener la familia, amor eterno y admiración por su esposa, la valentía de sacar adelante sus hijos y no abandonarlos, hacen de él un verdadero hombre. Esta enfermo, ya no puede trabajar, el sombrero roto y viejo no puede ocultar las marcas de cansancio. “Fue duro criar los hijos, sabiendo que ella no podía ver, yo nunca quise dejar a mi esposa así enferma y con los hijos, por eso le ayudé, la acompañé y nunca pensé en abandonarlos, ahora estoy viejo y enfermo, pero toca seguir luchando”.

De nuevo Leonor llora, se limpia las lágrimas y con la voz entrecortada comenta: “Mi esposo es mucho mayor que yo debe estar viejo” se toca manos, brazos, estira la piel y replica: “si yo ya estoy arrugada, me imagino como esta él, Manuel debe ser la misma pinta del papá, desde pequeño se pareció mucho a Leonardo” intenta hablar de Yolanda y Leidi pero no puede más; respira y solo concluye con una expresión profunda de dolor: “mis chinitas deben estar grandes y ojalá se parezcan a mí”.

Hay muchos que ven el cielo, que distinguen los colores de las nubes, del mar y de todo lo que los rodea. Doña Leonor no ve lo que nosotros vemos, ni nosotros lo que ella ve.

 

Rusbell Andrés Muñoz Dueñas

 

Última modificación el Martes, 09 de Agosto de 2016 23:13

Enlaces Externos