Viernes Noviembre 24 , 2017

Rodar, cuatro ruedas y un madero

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Por las calles de Tunja, se desliza  un joven de 20 años llamado Juan Felipe Aranda. Cuatro llantas, un madero, equilibrio y fuerza en las piernas son los elementos que emplea a diario este joven tunjano para practicar el deporte que le brinda la paz y la tranquilidad que sólo puede encontrar cuando esta sobre su tabla.

 

El skateboarding apareció en Tunja en 2004 aproximadamente y a partir de ese año, jóvenes de varias localidades de la ciudad empezaron a patinar, la mayoría de veces aprendiendo nuevos trucos con ayuda de vídeos de Youtube. Fue en 2007 que Felipe, gracias a sus vecinos del barrio, conoció el Skate. A pesar de que su entrenamiento no ha sido el más juicioso y confiesa no tener la habilidad innata, siempre está buscando un tiempo libre para poder montar, aunque, “mi peor defecto es no ser constante. A medida que voy creciendo, empiezo a tener más y más responsabilidades y actividades, y eso hace que cada día tenga menos tiempo para practicar mi hermoso deporte”.

Cuando Juan Felipe encuentra esos espacios para ir a entrenar, por lo general, toma un morral, allí pone los implementos necesarios para patinar, como agua o jugo, bloqueador, una camisa de repuesto, entre otros, pero no sale de su casa sin la bendición de su mamá, la señora Elizabeth Rivera. “Yo siempre se lo encomiendo a Dios porque yo sé que saltando puede fracturase o troncharse, pero él es muy cuidadoso y creyendo en Dios, confío en que no le va a pasar nada”.


Felipe le debe al skateboarding amistades, amores pero sobre todo la felicidad de saber que puede practicar un deporte diferente. “cuando conseguí mi primera tabla mi papá me acababa de regalar un balón de fútbol, se decepcionó pero con el tiempo empezó a ayudarme así fuese con unos tennis”.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los lugares de práctica en Tunja son muy pocos, el Bosque de la Republica, la Plaza de Bolívar, El parque de Santa Inés y la Industria o improvisan escenarios en los barrios. Pero los implementos como las rampas, tienen que construirlos ellos mismos.

Felipe y sus compañeros van a menudo a practicar a La industria, una bodega de trigo abandonada ubicada en el IRDET, cerca de la plaza de mercado del norte de Tunja, que les fue cedida por la Alcaldía. “Pero los elementos no son suficientes para que todos los usemos” dice Felipe. Ciudades como Bogotá, Medellín, Cali y hasta Chiquinquirá, cuentan con parques diseñados especialmente para quienes practican este deporte y son normalmente llamados Skateparks. La creación de un Skatepark que quedaría ubicado cerca del Parque Recreacional del norte, junto a la MegaBiblioteca estuvo en el tintero desde 2011, pero luego de superar varios percances inició su construcción en agosto de 2014.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Las horas de práctica de Felipe han disminuido con el paso de los años, pero la habilidad está mucho más desarrollada que antes, sin embargo, por más experiencia que se tenga siempre es necesario calentar para evitar desgarres o dolores corporales, costumbre que no tienen todos los skaters.

Después de hacer estiramientos Felipe engrasa los bordes metálicos del cajón con una veladora para que la tabla se deslice mejor. En este caso es una vela normal, pero hay velas que las grandes marcas de Skate venden especialmente para este fin.

Dependiendo de su dificultad cada truco tiene un tiempo determinado para perfeccionarlo. Él puede durar desde media hora hasta varias semanas para lograr un buen truco. Casi siempre implica sudor, golpes, rasgaduras de pantalón, desgate de tennis y  rupturas de las tablas.

Una skateboard cuesta alrededor de doscientos cincuenta mil pesos. Para lo cual estos muchachos trabajan, hacen rifas, venden dulces o los que son más afortunados le piden a sus padres para adquirir la tabla. Felipe y sus hermanos, iniciaron su propio local de camisetas y tennis, inspirados en este deporte lo cual “es muy chévere porque significa que uno como estudiante pueda salir adelante por sí solo”, expresa Fabián Aranda, copropietario de ODISEA.

A pesar de que quienes practican el skateboarding en muchas ocasiones son catalogados como “marihuaneros” o “vagos”, Juan Felipe defiende que “el vínculo con las sustancias psicoactivas depende, más bien, del contexto en el que vive cada skater. Me refiero a que si soy un niño de casa y me gustó el deporte, voy a estudiar, patino y me entro. Pero si me la pasó en las calles, no me gusta el estudio, ando con malas personas y me gusta patinar, entonces, hay esa tendencia a que consuma sustancias psicoactivas”  Según él, cada uno vive el Skate cómo quiere y no se trata de que para practicarlo necesariamente se esté emparentado con las drogas. “Sí existen quienes consumen, como en cualquier otro deporte, pero son los principios morales de uno y en las cosas en las que uno se interese” los que definen si se es consumidor o no.

“Cuando estoy en mi skate, tengo que estar concentrado en la velocidad, en qué truco voy a sacar, en cómo lo voy a realizar. Pero principalmente en lo que se piensa es la satisfacción de hacer lo que te gusta, de qué así sea rodar media hora en el día, con eso basta para estar feliz”.

 

Ángela Sora Robles

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